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Jorge Errandonea

Se encuentran en la pintura de Seade posturas u ordenaciones formales voluntariamente retomadas del arte neoclásico y aún antes, del sólido quatrocento italiano.

Lejos de toda mecánica de las maneras, su paleta y su forma trabaja desde la hondura del
arte contemporáneo, consciente de sus herencias y fracturas.
El puente trazable entre el quatrocento, Cezanne y la pintura de Rivera -con inserción militante y de contenido en la Guerra Civil Mexicana- se recortan en la sensibilidad de Felipe Seade como antecedentes de laboratorio de una pintura con síntesis y vitalidad propia.
Atento a la investigación mural, a los medios que proyectaran su investigación de materias, se presienten en sus óleos el muro y el fresco con vocación de lenguaje social.
Cuando Felipe Seade nos acercó su aliento y reflexión de tierno radical de las conductas en el arte y su enseñanza -en pleno proceso de transformación de la ENBA* a fines de la década del cincuenta- nosotros supimos de su perspicacia de educador y su sensibilidad interiormente libre y joven de creador permanente.
Nos pronosticó un largo camino de investigación, cercados de prejuicios y un duro andar experimental incierto... y solitario.
De alguna manera sentimos que su viejo laboratorio prevenía a los nuevos a formarse, con la esencial compañía de su experiencia (compañía y apoyo tan escasa en aquellos tiempos).
Hoy, la Universidad de la República y la Escuela de Bellas Artes muestran su obra cumpliendo con la proyección pública de uno de nuestros personeros del arte nacional, que algunos veremos con nostalgia y como saludo al viejo luchador.

*Escuela Nacional de Bellas Artes