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Tulia Alvarez

Catálogo del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires- 1983
De las regiones de Caupolicán, traía Seade ese temperamento del rigor sureño que manifiesta en su geométrico dibujo y en el acerbo color.

Esa forma de ser del hombre implacable consigo mismo se recogió, pasando el río, en un Montevideo de atmósfera liberal y racionalista en que la crítica marcaba el avance en la comunicación hasta el dolor de la separación, sin concesiones. Así fue pintando la historia americana más íntima. Desde el gaucho y el indio de lanza en tierra, el negro sigiloso, cuidador del coraje en la Pampa; desde las lavanderas del arroyo a los personajes fantasmagóricos que parecen salidos de los cuentos de luces malas del profundo escritor Paco Espínola, hasta aquellos anónimos caminantes que en las esquinas se les queda el alma.
Pintor de un ascetismo cuidado en la economía del color, su lenguaje se hace hondo y dramático en la selección de sus valores monocromáticos. Llevó a la tela los verdes más secos y goyescos en tonalidades ciegas y cenagosas de matérica energía. De concepto muralista, sus figuras abarcan con escorzos fuertes y dinámicos, toda la tela o el muro, disponiendo a tira línea el enlace de los puntos de composición.
En las oscuridades de los planos o en las luces siniestras de sus amarillos secos, se esboza el esquema geométrico siempre presente y obnubilado tras la materia densa. En Seade no hay descripciones ni redundancias, más sí un lenguaje necesario del americano que ni ante la potencia de los Andes calla.